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LA HOJARASCAGABRIEL GARCIA MARQUEZPortada de ODUBERSexta edición: Enero, 1979( 1974, Gabriel García Márquez Editado por PLAZA & JANES, S. A., Editores Virgen deGuadalupe, 21-33 Esplugas de Llobregat (Barcelona)Printed in Spain Impreso en EspañaDepósito Legal: E. 3.333 ISBN; 84-01-44106-41979

GRÁFICAS GUADA, S. A.—Virgen da Guadalupe, 33 Esplugas de Llobregat (Barcelona)Y respecto del cadáver de Polinice, que miserablemente ha muerto, dicen que ha publicado unbando para que ningún ciudadano lo entierre ni lo llore, sino que insepulto y sin los honores delllanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese bando dicenque el bueno de Creonte ha hecho pregonar por ti y por mí, quiere decir que por mí; y mevendrá aquí para anunciar esa orden a los que no la conocen; y que la casa se ha de tomar node cualquier manera, porque quien se atreva a hacer algo de lo que prohibe será lapidado porel pueblo.(De Antígona)De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formadapor los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civilque cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo locontaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recónditamuerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofesanteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esosdesperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se ibanseleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en unextremo un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho conlos desperdicios de los otros pueblos. Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana,arrastrados por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, delos salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de hombresque amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como un único equipaje un baúl demadera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y eltítulo militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.Hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron primero un rincón donde medio catre era elsombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo unpueblo de tolerancia dentro del pueblo.En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en lavía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúlescon los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos; nosotros éramos los forasteros; los advenedizos.Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Asíque cuando sentimos llegar la avalancha lo unico que pudimos hacer fue poner el plato con eltenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió averlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logro unidad y solidez; y sufrió el natural procesode fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra.(Macondo, 1909)1Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porqueno he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en algunaparte. De la mano de mamá, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastón a cada paso parano tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea) he pasado frente al espejo de lasala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y con este blanco lazo almidonado queme aprieta a un lado del cuello. Me he visto en la redonda luna manchada y he pensado: Ésesoy yo, como si hoy fuera domingo.Hemos venido a la casa donde está el muerto.

El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el zumbido del sol por las calles, pero nadamas.El aire es estancado, concreto; se tiene la impresión de que podría torcérsele como unalamina de acero. En la habitación donde han puesto el cadáver huele a baúles, pero no los veopor ninguna parte. Hay una hamaca en el rincón, colgada de la argolla por uno de sus extremos. Hay un olor a desperdicios. Y creo que las cosas arruinadas y casi deshechas que nosrodean tienen el aspecto de las cosas que deben oler a desperdicios aunque realmente tenganotro olor.Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen lacabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula. Veo que tienen la boca un pocoabierta y que se ven, detrás de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veoque tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de jla cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen losojos abiertos, mucho más que los de un hom bre; ansiosos y desorbitados, y que la piel pareceser de tierra apretada y húmeda. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida yahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa des puésde una pelea.Mamá también se ha vestido como si fuera domingo. Se ha puesto el antiguo sombrero de pajaque le cubre las orejas, y un vestido negro, cerrado arriba, con mangas hasta los puños. Comohoy es miércoles, la veo lejana, des conocida, y tengo la impresión de que quiere decirme algomientras mi abuelo se levanta a recibir a los hombres que han traído el ataúd. Mamá estásentada a mi lado, de espaldas a la ventana claus urada. Respira trabajosamente cada instantese compone las hebras de cabello que le salen por debajo del sombrero puesto a la carrera. Miabuelo ha ordenado a los hombres que pongan el ataúd junto a la cama. Solo entonces me hedado cuenta de que sí puede caber el muerto dentro de él. Cuando los hombres trajeron la cajatuve la impresión de que era demasiado pequeña para un cuerpo que ocupa todo el largo dellecho.No sé por qué me han traído. Nunca había entrado en esta casa y hasta creí que estabadeshabi tada. Es una casa grande, en esquina, cuyas puertas, creo, no han sido abiertas nunca.Siempre creí que, la casa estaba desocupada. Sólo ahora, después de que mamá me dijo:“Esta tarde no irás a la escuela”, y yo no sentí alegría porque me lo dijo con la voz grave yreservada; y la vi regresar con mi vestido de lana y me lo puso sin hablar y salimos a la puertaa juntarnos con mi abuelo; y caminamos las tres casas que separan ésta de la nuestra. sóloahora me he dado cuenta de que alguien vivía en esta esquina. Alguien que ha muerto y quedebe ser el hombre a quien se refirió mi madre cuando dijo: «Tienes que estar muy juicioso enel entierro del doctor.» Al entrar no vi al muerto. Vi a mi abuelo en la puerta, hablando con loshombres, y lo vi después dándonos la orden de seguir adelante. Creí entonces que habíaalguien en la habitación, al entrar la sentí oscura y vacía. El calor golpeó el rostro desde elprimer momento sentí este olor a desperdicios que era sólido y permanente al principio y queahora, como el calor, llega en ondas espaciadas y desaparece.Mamá me condujo de la mano por la habitación oscura y me sentó a su lado, en un rincón. Sólodespués de un momento empecé a distinguir las cosas. Vi a mi abuelo tratando de abrir unaventana que parece adherida a sus bordes, soldada con la madera del marco, y lo vi dandobastonazos contra los picaportes, el saco lleno de polvo que se desprendía a cada sacudida.Volví la cara a donde se movió mi abuelo cuando se declaró impotente para abrir la ventana ysólo entonces vi que había alguien en la cama. Había un hombre oscuro, estirado, inmóvil. Entonces hice girar la cabeza hacia el lado de mamá, que permanecía lejana y seria, mirandohacia otro lugar de la habitación. Como los pies no me llegan hasta el suelo sino que quedansus pendidos en el aire, a una cuarta del piso, coloqué las manos debajo de los muslos,apoyadas las palmas contra el asiento, y empecé a balancear las piernas, sin pensar en nada,hasta cuando recordé que mamá me había dicho: «Tienes que estar muy juicioso en el entierrodel doctor.» Entonces sentí algo frío a mis espaldas, volví a mirar y no vi sino la pared demadera seca y agrietada. Pero fue como si alguien me hubiera dicho desde la pared: «Nomuevas las piernas, que el hombre que está en la cama es el doctor y está muerto.» Y cuandomiré hacia la cama, ya no lo vi como antes. Ya no lo vi acostado sino muerto.Desde entonces, por mucho que me esfuerce por no mirarlo, siento como si alguien me sujetara la cara hacia ese lado. Y a unque haga es fuerzos por mirar hacia otros lugares de la habitación, lo veo de todos modos, en cualquier parte, con los ojos desorbitados y la cara verdemuerta en la oscuridad.No sé por qué no ha venido nadie al entierro. Hemos venido mi abuelo, mamá y los cuatro

guajiros que trabajan para mi abuelo. Los hombres han traído una bolsa de cal y la han vaciadodentro del ataúd. Si mi madre no estuviera extraña y distraída, le preguntaría por qué haceneso. No entiendo por qué tienen que hechar cal dentro de la caja. Cuando la bolsa quedó vacia,uno de los hombres la sacudió sobre el ataúd y todavía cayeron unas últimas virutas, másparecidas al aserrín que a la cal. Han levantado al muerto por los hombros y los pies. Tiene unpantalón ordinario, sujeto a la cintura por una correa ancha y negra, y una camisa gris. Sólotiene puesto el zapato izquierdo. Está, como dice Ada, con un pie rey y el otro esclavo. Elzapato derecho está tirado a un extremo de la cama. En el lecho parecía como si el muertoestuviera con dificultad. En el ataúd parece más cómodo, más tranquilo, y el rostro que era elde un hombre vivo y despierto después de una pelea, ha adquirido una vuelta reposada ysegura. El perfil se vuelve suave; y es .orno si allí, en la caja, se sintiera ya en el lugar que lecorresponde como muerto. Mi abuelo ha estado moviéndose en la habitación. Ha cogidoalgunos objetos y los ha colocado en la caja. He vuelto a mirar a mamá con la esperanza deque me diga por qué mi abuelo está echando cosas en el ataúd. Pero mi madre permaneceimperturbable dentro del traje negro, y parece esforzarse por no mirar hacia el lugar donde estáel muerto. Yo también quiero hacerlo, pero no puedo. Lo miro fijamente, lo examino. Mi abueloecha un libro dentro del ataúd, hace una señal a los hombres y tres de ellos colocan la tapasobre el cadáver. Sólo entonces me siento liberado de las manos que me sujetaban la cabezahacia ese lado y empiezo a examinar la habitación.Vuelvo a mirar a mi madre. Ella, por la primera vez desde cuando vinimos a la casa, me mira ysonríe con una sonrisa forzada, sin nada por dentro; y oigo a lo lejos el pito del tren que sepierde en la última vuelta. Siento un ruido en el rincón donde está el cadáver. Veo que uno delos hombres levanta un extremo de la tapa, y que mi abuelo introduce en el ataúd el zapato delmuerto, el que se había olvidado en la cama. Vuelve a pitar el tren, cada vez más distante, ypienso de repente: «Son las dos y media.» Y recuerdo que a esta hora (mientras el tren pita enla última vuelta del pueblo) los muchachos están haciendo filas en la escuela para asistir a laprimera clase de la tarde.«Abraham», pienso.No he debido traer al niño. No le conviene este espectáculo. A mí misma, que voy a cumplirtreinta años, me perjudica este ambiente enrarecido por la presencia del cadáver. Podríamossalir ahora. Podríamos decir a papá que no nos sentimos bien en un cuarto en el que se hanacumulado, durante diecisiete años, los residuos de un hombre desvinculado de lodo lo quepueda ser considerado como afecto o agradecimiento. Quizás ha sido mi padre la ultimapersona que ha sentido por él alguna simpatía. Una inexplicable simpatía que ahora lesirve para no pudrirse dentro de estas cuatro paredes.Me preocupa la ridiculez que hay en todo esto. Me intranquiliza la idea de que salgamos a lacalle, dentro de un momento, siguiendo un ataúd ; que a nadie inspirará un sentimiento distintole la complacencia. Imagino la expresión de las mujeres en las ventanas, viendo pasar a mi paire, viéndome pasar con el niño detrás de una caja mortuoria en cuyo interior se va pudriendo única persona a quien el pueblo había querido ver así, conducida al cementerio en medio de unimplacable abandono, seguida por las tres personas que decidieron hacer la obra de misericordia que ha de ser el principio de su propia vergüenza. Es posible que esta determinaciónde papá sea la causa de que mañana no se encuentre nadie dispuesto a seguir nuestro entierro.Tal vez por eso he traído al niño. Cuando papá me dijo, hace un momento: «Tiene queacompañarme», lo primero que se me ocurrió fue traer también al niño para sentirme protegida.Ahora estamos aquí, en esta sofocante tarde de septiembre, sintiendo que las cosas que nosrodean son es agentes despiadados de nuestros enemigos. Pipa no tiene por qué preocuparse.En realiza d se ha pasado la vida haciendo cosas como esta, dándole a morder piedras alpueblo, cumpliendo con sus más insignificantes compromisos de espaldas a todas lasconveniencias. Desde hace veinticinco años, cuando este hombre llegó a nuestra casa, papádebió suponer (al advertir las maneras absurdas del visitante) que hoy no habría en el pueblouna persona dispuesta ni siquiera a echar el cadáver a los gallinazos. Quizá papá habíaprevisto todos los obstáculos, medido y calculado los posibles inconvenientes. Y ahora,veinticinco años después, debe sentir que esto es apenas el cumplimiento d